Durante su actuación en el Wanderlust Mongolia, Ricky y Tita, del Kahanane Project de Indonesia, plasmaron sus experiencias en una serie de «Pequeñas notas», en las que recogieron sus pensamientos, reflexiones y vivencias a lo largo del festival. Nos gustaría compartir una de ellas con todos vosotros; además, podéis leer las notas completas en el enlace que aparece a continuación.
Paisaje y atmósfera: un espacio demasiado vasto
La estepa mongola tiene unas dimensiones difíciles de describir. No solo es inmensa, sino que su inmensidad parece multiplicarse.
Hasta donde alcanza la vista, no hay un límite claro. El horizonte parece haberse alejado, como si creara más espacio del que realmente existe.
El cielo parece muy cercano y, al mismo tiempo, muy lejano. Cerca, porque nada obstaculiza la vista. Lejano, porque nunca se puede alcanzar.
El suelo es marrón, la hierba escasa: no es densa, ni está completamente verde. Todo parece desarrollarse dentro de una paleta de colores sobria y, precisamente por eso, cualquier pequeño cambio llama la atención.
Vimos muchos animales —cabras, ovejas, vacas, caballos, camellos, yaks— dispersos por la inmensidad, a menudo sin ningún pastor a la vista.
A veces se veían gers, las viviendas tradicionales mongolas, aisladas, lejos unas de otras. Como pequeños puntos en un lienzo inmenso.
Casi siempre soplaba el viento. No siempre con fuerza, pero sí lo suficiente como para mantener el aire en movimiento.
Y, en ciertos momentos, todo parecía sumido en un profundo silencio. No porque no hubiera ningún sonido, sino porque el espacio era demasiado vasto para contenerlo.
En un lugar como este, los seres humanos se sienten pequeños, muy pequeños.
Y, sin embargo, curiosamente, al mismo tiempo, uno se vuelve profundamente consciente de su propia presencia.
Cada paso se percibe con claridad. Cada movimiento es visible. Como si, en un espacio tan inmenso, incluso la presencia más insignificante siguiera teniendo sentido.
Nos pusimos a imaginar: ¿y si toda la estepa se convirtiera en un escenario?
Sin límites. Sin paredes. Sin luces.
Solo el cuerpo, el espacio y el tiempo.
Una vez nos detuvimos a orillas de un río y caminamos por su ribera.
Allí brotaban varios manantiales: pequeñas fuentes cristalinas que alimentaban el curso del río. Nos dijeron que se creía que cada uno de ellos aportaba sus propios beneficios para el cuerpo, su propia y silenciosa forma de curación.
En otra ocasión, visitamos un lago que estaba casi totalmente helado.
Su superficie estaba envuelta en una quietud tenue y pálida, mientras que a su alrededor vagaban libremente numerosos caballos. Cerca había algunos edificios —lo que parecían ser casas de verano— que por el momento estaban vacíos, a la espera de que volviera otra estación.
Y en medio de la estepa —amplia, abierta y casi sin puntos de referencia— nos topamos con algo que aún permanecía allí.
Una pared.
No está intacta. Tampoco está del todo destrozada. Se yergue solitaria, como si hubiera olvidado que en su día formó parte de algo más grande.
Un profesor de historia que nos acompañaba, junto con el alcalde del tercer soum, nos contó que, hace mucho tiempo, aquí había habido un pequeño pueblo.
Había habido un templo.
Un lago artificial.
Una vida.
Y esto era lo que quedaba.
El muro estaba construido con capas de barro y grava compactados. Todavía se ve claramente. Como si el tiempo no hubiera intentado ocultarlo.
Cada capa podría haber representado un día de trabajo, una estación, una simple intención de construir algo que perdurara.
Luego pasó el tiempo.
Llegó el viento.
La gente se fue.
Y lo único que quedó fue este fragmento, que sigue ahí, sin mucha explicación.
Nos quedamos allí un buen rato. Como si estuviéramos leyendo algo que ya no tenía lenguaje.
Quizá todos los lugares sean así. Primero están llenos y, poco a poco, se convierten en recuerdos.
Y quizá lo que estamos haciendo ahora —este viaje, estos encuentros, estas actuaciones— también se vaya gestando poco a poco, hasta adoptar una forma que, algún día, nosotros también dejaremos atrás.
Ricky y Tita, Proyecto Kahanane, Indonesia.
Enlace a todas las «Pequeñas notas de Wanderlust Mongolia»










