Por: Kenia Rodríguez Núñez
La infancia no es solo una etapa biológica; es un territorio simbólico en constante construcción, donde la imaginación, la empatía y la comprensión del mundo se tejen con los hilos de las experiencias vividas. En este proceso formativo, el teatro emerge como un espacio ritual donde lo lúdico y lo pedagógico se funden. La celebración del XXI Congreso Mundial de la Asociación Internacional de las Artes Escénicas para la Infancia y la Juventud, permitió vislumbrar con singular claridad la contribución concreta de este arte al desarrollo integral de los niños y niñas en el contexto cubano, a la vez que iluminó la trayectoria y el potencial de una tradición escénica nacional dedicada a los más jóvenes.
El teatro para niños en Cuba posee una historia, marcada por figuras fundacionales, una profunda vocación pedagógica y el desafío constante de innovar dentro de un contexto cultural singular. Este teatro es fruto de una historia marcada por la concepción del arte como bien transformador. Desde los esfuerzos pioneros de figuras como los hermanos Camejo y el Guiñol Nacional, pasando por la institucionalización y el florecimiento de grupos tras el triunfo de la Revolución, hasta el dinamismo actual de proyectos y agrupaciones, se ha consolidado un quehacer que entiende a los niños y adolescente como espectadores críticos y sensibles. Sin embargo, el Congreso Mundial de ASSITEJ, operó como un catalizador sin precedentes, inyectando nuevas dimensiones a esta práctica y haciendo tangible su mecanismo de incidencia en el desarrollo infantil.
Tras 31 años del XI Congreso celebrado en 1993, Cuba retornó al centro de la conversación mundial sobre teatro para la infancia. Organizar un evento de esta envergadura revalidó el lugar de la isla como un nodo cultural vital y resistente.
La celebración del XXI Congreso Mundial y el Festival Internacional de las Artes Escénicas para la Infancia y la Juventud, bajo el lema “Voces de un Mundo Nuevo”, no fue solo un evento internacional de primer nivel, sino que se convirtió en un catalizador histórico para esta manifestación artística en la isla.
Las contribuciones del Congreso y Festival pueden entenderse como una intervención multilineal que enriquecieron tanto el ecosistema teatral como la experiencia directa de los niños. En primer lugar, funcionó como una vasta plataforma de actualización y diálogo para los creadores cubanos. La exposición a 25 espectáculos de 15 países, seleccionados bajo criterios de diversidad estética e inclusión, expandió el horizonte de referentes. No se trató solo de ver obras foráneas, sino de observar cómo otras culturas abordan temáticas universales y específicas, cómo dialogan con su propio contexto y cómo innovan en lenguajes escénicos. Este intercambio, es una plataforma importante para la creación que generó ideas entorno a la circulación de obras, hermanamientos y proyectos de superación. Para los artistas cubanos, esto significó una inmunización creativa, una oportunidad de medir su trabajo en un contexto global y de incorporar, desde su propia autenticidad, herramientas y perspectivas nuevas.
Paralelamente, el evento diseñó una experiencia directa y profunda para el público infantil cubano, que es donde se materializa de forma más concreta su contribución al desarrollo. Las más de ochenta funciones, incluyendo presentaciones en teatros, escuelas primarias, círculos infantiles y comunidades en transformación, articularon un principio de acceso democrático a bienes culturales de alta calidad. La asistencia de niñas, niños, adolescentes y jóvenes, incluidos aquellos de la primera infancia y con necesidades educativas especiales, validó el derecho al arte consagrado en la Convención de los Derechos del Niño.
Asimismo, para los niños y adolescentes cubanos, ver su realidad y sus referentes culturales representados en un escenario de prestigio internacional, como señalaban varios testimonios, fortalece la autoestima colectiva y el sentido de pertenencia a una cultura con voz propia en el mundo, un aspecto fundamental del desarrollo de una identidad sana y orgullosa.
El programa de intercambio profesional del Congreso, con sus 72 propuestas de talleres, conferencias, mesas de debates, exposiciones y reuniones regionales, actuó como el puente que articuló la experiencia artística con la reflexión pedagógica sistemática. Temas como la inclusión, la perspectiva de género, la sostenibilidad y las metodologías para la primera infancia fueron discutidos no en abstracto, sino a partir de las prácticas presentadas. Esto permitió que artistas, maestros y gestores cubanos se apropiaran de marcos conceptuales y herramientas metodológicas para diseñar, de manera más consciente e intencional, experiencias escénicas que potencien específicamente estas áreas del desarrollo.
El legado del Congreso en Cuba, no se agotó en 2024. Ha plantado semillas que ya comienzan a germinar en el ecosistema teatral cubano, como lo demuestra la creación posterior del festival “Príncipe Enano” para la primera infancia, que este año realizará su segunda edición o el Encuentro Internacional de Artes Escénicas para adolescentes, realizado en noviembre de 2025 y que contó con creadores de 8 países de América Latina y Europa. Estos frutos son la prueba más tangible de una contribución sostenible.
El XXI Congreso Mundial de ASSITEJ en La Habana representó un punto de inflexión para el teatro para niños en Cuba. No solo celebró lo logrado, sino que inyectó energía, ideas nuevas y conexiones globales a un sector vital de la cultura nacional. Al fortalecer a los creadores y tocar directamente la vida de miles de niños, el Congreso no solo dio a conocer el teatro cubano para la infancia, sino que lo potenció de múltiples maneras, creando un ecosistema de relaciones colaborativas con las que nuestro centro ha realizado múltiples actividades para los públicos jóvenes.
Reafirmó el papel del teatro como herramienta pedagógica y de transformación social, principio siempre defendido en la tradición cubana, pero lo hizo dialogando con las corrientes más innovadoras del mundo.
El evento confirmó que, a pesar de todos los desafíos, Cuba sigue siendo un territorio fértil y necesario para el arte dedicado a las infancias. El reto ahora, para la comunidad de creadores, educadores y gestores, es cultivar las semillas plantadas en mayo de 2024, asegurando que estas “Voces de un Mundo Nuevo” sigan resonando, creciendo y transformando, desde Cuba, el panorama del teatro para los niños y jóvenes del mañana.




