Por Rivardo Niyonizigiye
Hay eventos que se vuelven imprescindibles, no por costumbre ni por obligación, sino por lo que ofrecen y lo que uno se lleva de ellos. El Festival KINA 2026, que se celebrará en Kigali del 7 al 13 de mayo de 2026, es uno de esos encuentros excepcionales.
Desde 2015, KINA ha sido una presencia constante en mi trayectoria artística. Este año volví a Kigali con «Kabeba», una producción que se presentó en un festival conocido por reunir a artistas, familias y público joven en un ambiente de creatividad y descubrimiento. Sin embargo, esta edición me pareció diferente. Algo había cambiado.
África en el centro
Diecinueve artistas de todo el mundo participaron en KINA 2026. Aunque el programa tenía un alcance internacional, un hilo conductor claro unía las obras presentadas: África no era un mero telón de fondo ni un tema, sino la fuerza motriz.
Esta visión ha sido desde hace tiempo el núcleo de KINA. A través de un compromiso discreto pero inquebrantable, el festival ha demostrado que las perspectivas globales no tienen por qué surgir desde los márgenes. Pueden construirse desde casa, con las puertas abiertas y voces seguras. Las conversaciones con Carole Karemera, directora del Ishyo Arts Center y fundadora del festival, dejan esta filosofía muy clara.
El programa de este año supuso un importante paso adelante. El teatro, la danza, el circo, la música, los títeres, el teatro de sombras y una conferencia que invitaba a la reflexión crearon un rico panorama artístico. La diversidad no fue meramente superficial, sino que ofreció auténticas oportunidades para que tanto los artistas como el público crecieran juntos. Para los niños, supuso un espacio único para la imaginación, la reflexión y el asombro.
Detrás de un festival como este se esconde una realidad que el público rara vez ve: los sacrificios, la presión, los retos logísticos y las innumerables horas de preparación que se necesitan para que cada actuación cobre vida. Las sedes se confirman en el último momento, los horarios cambian constantemente y surgen obstáculos imprevistos cuando menos se espera. Sin embargo, el equipo de KINA ha vuelto a organizar un evento de una calidad y una coherencia extraordinarias.
Una semana de intensos encuentros artísticos
Desde la valiente ratoncita de Kabeba, en busca de su risa perdida, hasta los poéticos burros de Zaki, que invitan al público a replantearse la relación de la humanidad con los animales en las calles de El Cairo, KINA 2026 ofreció una extraordinaria variedad de experiencias artísticas.
Hors Champs atravesó los siglos para dar voz tanto a los seres humanos como a las aves y los insectos, mientras que 7 Manières d’Habiter le Monde entrelazó voces de Ruanda, Francia y otros lugares en una conmovedora polifonía cívica.
Para el público más joven, Pulsar y Flip-Flop transformaron los espacios escénicos en mundos de exploración sensorial y descubrimiento lúdico. King of Broken Things nos recordó que reparar objetos también puede enseñarnos a repararnos a nosotros mismos, mientras que Nos Assemblées retó con humor al público a replantearse la democracia en torno a una pizza compartida.
«Que Teun?» difuminó las fronteras entre la música, el movimiento y el juego, demostrando que toda regla nace de la imaginación. Para clausurar el festival, los Rwanda Acrobats iluminaron el pabellón deportivo Kimisagara con un espectáculo circense caracterizado por la excelencia, la alegría y una energía contagiosa.
Siete días. Diez producciones. Una sensación abrumadora: por un breve instante, el mundo pareció más conectado, más humano y más esperanzador.
Cuando el arte se dirige a la democracia
Uno de los momentos más destacados del festival fue el foro «Interdependencias: Artes y Democracias», celebrado el 9 de mayo en el Centro Cultural Francófono de Ruanda, en Kimihurura. Artistas, diplomáticos, pensadores, activistas y ciudadanos comprometidos se reunieron para una jornada de diálogo. Personas que a menudo trabajan en ámbitos paralelos se encontraron compartiendo el mismo espacio, intercambiando puntos de vista y cuestionando ideas preconcebidas.
En los debates se analizó qué aporta el arte a la democracia y qué le debe la democracia al arte. Los participantes reflexionaron sobre las fronteras, la independencia y las redes invisibles de interdependencia que conforman las sociedades contemporáneas. Se pusieron a prueba ideas, se compartieron experiencias y surgieron nuevas voces. El valor del foro no radicó en el consenso, sino en la riqueza de las conversaciones que generó.
Si tuviera que resumir el KINA 2026 en una sola imagen, sería la de un niño saliendo de un teatro con una mirada renovada. No es cansancio, ni simple diversión, sino algo más difícil de definir: una sensación de plenitud, curiosidad y posibilidades. El impacto del festival fue tan profundo que me hizo olvidar por un momento los obstáculos administrativos y los trámites fronterizos que me esperaban en el viaje de vuelta a Bujumbura.
KINA es un festival del que el mundo sabe muy poco. Sin embargo, es un evento que sigue consolidando y ampliando el teatro para el público joven en toda la región de los Grandes Lagos. Tras haber vivido tantas ediciones desde múltiples perspectivas —como actor, espectador, creador y ferviente defensor del poder transformador del arte—, puedo afirmarlo con certeza: KINA es un festival que merece ser conocido. Merece que se le siga de cerca. Y merece que se le apoye, una y otra vez.














